
Acabo de leer que una empresa de vídeovigilancia de Cincinnati (Ohio) ha empezado a utilizar chips implantados en el cuerpo humanos para controlar el acceso de su personal a las
zonas de seguridad restringidas de la compañía.
La emppresa es
Citywatcher.com La polémica está servida. Multitud de voces críticas ya han puesto el grito en el cielo contra lo que consideran un nuevo paso en la invasión de la intimidad de los trabajadores.
Algunos se atreven a afirmar que es el fin de la privacidad. Y, entre tantas voces críticas, surge mi opinión:
¡que me pongan un chip!
Verdaderamente lo necesito. Soy incapaz de recordar todas las claves de acceso a los diferentes sitios web que utilizo cada jornada (mi blog, la plataforma de e-learning, la agencia de viajes, las diferentes líneas aéreas, la banca electrónica, las webs a las que estoy suscrito….); el otro día a mi teléfono móvil se le ocurrió pedirme el PIN: ni idea (y hasta que no se lo de se niega a trabajar); en más de una ocasión me he quedado sin dinero, he sido incapaz de recordar el PIN del cajero automático y he visto que éste se tragaba mi tarjeta (y explícaselo al tío del bar al que le tengo que pagar los dos euros del café); me vuelvo loco con las claves de las alarmas, con las contraseñas de las diferentes cuentas de correo electrónico; y, a pesar de todas mis desdichas, mi principal talón de Aquiles son las puñeteras llaves: las del coche, las de casa, las de la oficina; no solo odio llevar llaves encima (por su peso, su molesta forma, su tamaño, su ruido…) sino que además en muchas ocasiones no recuerdo dónde demonios las he dejado.
Sin duda necesito algo que me identifique unívocamente frente al resto de especímenes de la humanidad, ya sea un chip, un sistema de reconocimiento de rasgos faciales (face recognition) como el de
Viisage o
A4Vision, un sistema de reconocimiento de orejas (dicen los expertos que no hay dos iguales en el planeta), un sistema de reconocimiento de voz, de las venas de la parte superior de la mano (
TechSphere) del iris de los ojos, de nuestro olor corporal (
eSense) o un chip en mi cuerpo (
VeriChip)
El modelo de chip utilizado por la empresa de vídeovigilancia americana Citywacher
es de silicona y tiene el tamaño de un grano de arroz. Se coloca dentro de la piel y funciona como una tarjeta de acceso a las áreas protegidas de la empresa. Por supuesto, la implantación ha sido voluntaria, y se está revelando como una medida de seguridad muy eficaz. Según sus promotores, un área en el cual estos chip tienen mucho que aportar es la medicina: facilitará a hospitales, médicos y pacientes mejorar la asistencia y evitará errores, con información precisa sobre cada paciente y su condición sanitaria.
Existen muchas voces críticas, como la de una organización de Palo Alto, en California, llamada Profesionales de la tecnología por la responsabilidad social. Según ellos la sola idea de llevar algo implantado en el cuerpo, que no se puede apagar, supone una invasión total de la intimidad.
¿Intimidad? ¿Privacidad? ¿Existen? En la era de las TIC nuestro rastro digital es seguido por miles de sistemas; desde nuestra navegación por Internet (cuándo, desde donde, qué sitios vistamos, que páginas vemos, que mensajes enviamos) hasta nuestros movimientos bancarios (el banco sabe mis ingresos y mis gastos con detalle; cuanto pago de luz, de agua, de gas, el colegio de mis niños, mis créditos); no te cuento nada de los pagos que realizo con tarjeta de crédito (el lugar, el día, la hora, el importe, el concepto de todas mis compras: supermercado, restaurantes, viajes, regalos….); nuestra imagen es captada cada día por decenas de videocámaras (tráfico, seguridad en nuestra oficinas, cajeros automáticos, bancos, cuando nos detenemos delante de un comercio…); hacienda tiene registradas nuestras operaciones; y, sin necesidad de mencionar los satélites espía (o sistemas como el futuro Galileo), cualquiera es capaz de localizarnos a través de nuestro teléfono móvil gracias a la tecnología de celdas mediante las cual estos aparatos trabajan.
De manera que un chip en mi cuerpo no creo que haga mi vida menos privada; pero seguro la hace más cómoda. ¡Que me pongan un chip!